viernes, 10 de octubre de 2008

Las Abejas

Las abejas lo rodeaban, vestigio de sus ataques suicidas. Cuerpecillos vibrantes zumbando, esperando, esperando su muerte. Miguel yacia inconciente en el piso de la cueva en un mar de alitas y patitas retorciendose. El punzante dolor se torno en algo diferente, en algo placentero. Su cuerpo dormia y ahora su mente lo era todo, lo veia y lo sabia todo, y a su vez no sabia nada pues logro ver el mundo en las gotas de lluvia. 

Ana recolectaba fresas en las faldas del cerro La Esmeralda, las primeras de la temporada. Su rudimentario canasto de juncos pronto incrementaria su peso con la embriagante fragancia de las fresas. Las palpaba de una manera casi erotica, absorbiendo su textura a traves de cada uno de sus poros. De pronto un relampago, veloz, y un dolor en la muñeca. Lanzo un grito y detecto la causa, la muerte misma. Aquella viborilla negra le dirigia una mirada retadora, lista para un segundo ataque. Ana sabia que no habia vuelta, siguio recolectando fresas hasta que todo se volvio rojo, mas rojo que las fresas, mas dulce que ellas.

Al caer de las escaleras solo pudo pensar en su pareja. Ese estupido accidente probablemente evitaria que se volvieran a ver, quien sabe, tal vez ni siquiera en la siguiente vida. No podia mover sus miembros, y sin embargo se encontraba mas lucido que nunca. Las ideas fluian a una velocidad impresionante. Recordo todos y cada uno de los momentos que habian pasado juntos, y los saboreo nuevamente, ese sabor dulce y frio de los recuerdos. Eran suyos, y los conservaria esa vida y las que fueran necesarias pues nunca se habia sentido tan completo.

Manuel cayo de bruces sobre las hojas muertas y el hogar de los insectos. Paralizado por las toxinas comenzo a recordar aquel dia en que su madre lo regaño por haber roto una de sus tazas regalo de su abuela. Lo recordo todo, el vestido verde desgastado y su mandil, blanco e inmaculado incluso despues de todo un dia de trabajo. Sintio su estomago desgarrarse y voltearse sobre si mismo en su interior. Recordaba su cola de caballo y su rostro sin maquillaje. Severo y sin embargo amigable a la vez. Sus uñas descuidadas y sus discretos aretes de plata. El maldito hongo perforaba sus entrañas volviendolas una viscosa sustancia que se llevaba su vida. Recordaba sus palabras y sus dientes blancos. Recordo como habia callado para proteger a Roberto, la primer persona que le demostro lo peligrosas que podian ser unas simples caricias.